Fabiola y Diego tenían una cosa clara desde el principio: querían celebrar su boda frente al mar.
Él es español, ella venezolana y, aunque ambos viven en España, buena parte de sus familiares y amigos viajarían desde diferentes lugares del mundo para acompañarlos. Por eso, encontrar el destino perfecto para su boda significaba mucho más que elegir un lugar bonito.
Durante la planificación valoramos diferentes opciones, entre ellas Cádiz, teniendo en cuenta todas esas variables que forman parte de una destination wedding: localización, desplazamientos, alojamiento, logística para los invitados y, por supuesto, encontrar espacios que encajaran con la boda que imaginaban. Finalmente, Altea lo tuvo todo.
La ceremonia tuvo lugar en la icónica iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, en pleno casco antiguo de Altea. A la salida, entre pétalos, gerberas, aplausos y una plaza llena de gente celebrando con ellos, Fabiola y Diego se subieron a un coche clásico descapotable para recorrer las calles del casco antiguo.
Uno de esos momentos que no necesitan demasiada producción para convertirse en inolvidables.
Después, el Mediterráneo volvía a ser protagonista: la celebración continuó frente al mar, el lugar alrededor del que, de alguna manera, había empezado todo el proyecto de su boda.
Para el diseño queríamos alejarnos de una estética excesivamente neutra y crear algo que reflejara mucho mejor a Fabiola y Diego: alegre, natural y con personalidad. Apostamos por una paleta llena de color, combinando rosas, corales y naranjas con flores de formas muy diferentes y pequeños guiños mediterráneos. El resultado fue una boda luminosa, fresca y divertida, pero siempre cuidada.
Y había una idea que estaba por encima de todas: compartir la mesa.
Porque si hay algo que Fabiola y Diego disfrutan es sentarse alrededor de una mesa con las personas que quieren, comer, brindar, hablar durante horas y compartir. Ese concepto se convirtió en el hilo conductor de muchos de los detalles de la boda, desde los nombres de las mesas hasta la papelería y la decoración.
Además, Fabiola quiso involucrarse personalmente en muchos de ellos. Confeccionó a mano los individuales que recibió cada invitado, preparó la bolsita de las arras y el porta alianzas y cuidó personalmente otros pequeños elementos de la boda. Su padre escribió a mano el nombre de cada invitado y también los textos que acompañaban las minutas.
Detalles imperfectamente perfectos que ninguna producción en serie podría haber sustituido, porque hablaban directamente de ellos y de su familia.
Y, por supuesto, Venezuela también tenía que estar presente.
Los invitados encontraron tequeños durante el cóctel, dulces venezolanos durante la fiesta y una banda de música venezolana que consiguió llevar un pedacito de casa hasta Altea, y como no podía faltar, la tradicional hora loca de su tierra.
Al final, aquella boda frente al mar que imaginaron al principio terminó siendo mucho más que eso: fue una celebración llena de color, música, recuerdos, familia y mesas alrededor de las que quedarse un rato más.



